El siguiente artículo aparece tal como fue publicado en el diario El Mexicano el día 8 de noviembre, 2014. 

Les quiero pedir de favor a los amantes, amigos, compadres, comadres y amigas del vino que me den la oportunidad de compartir con ustedes algo que, estoy seguro, no solo me ha sucedido personalmente y en persona, sino a todos aquellos que se encuentran en circunstancias similares a la mía. Lo consulté con mi psicóloco y me dijo, literalmente, que me sacara el coraje de encima, que lo gritara a los cuatro vientos y que lo externara de la forma que yo quisiera. No se trata, en esta ocasión, de vinos sino de llantas y he decidido externarlo aquí…
No puedo olvidar aquella mañana cuando me presenté en la agencia automotriz con la firme intención de adquirir un auto nuevo. Consciente estaba que mi presupuesto era más raquítico que el de un municipio de Chiapas gobernado por la oposición, pero aun así, no perdía la esperanza de conseguir algo que se ajustara a la cantidad disponible. El atento vendedor se acercó a mí para conocer mis intenciones. Cuando le dije lo que podía invertir en la unidad, nombre, por cierto, con el que se conoce a un automóvil de la misma especie pero individualmente considerado, me dijo sonriente: -tengo exactamente lo que usted necesita-. Entonces me mostró una especie de carrito sietemecino, completo, eso sí, no lo puedo negar, pero de dimensiones bastante limitadas. Orgulloso empezó a describirme las virtudes del vehículo: -no hombre si es una chulada, le llena el tanque de gasolina una vez al año, el servicio se le hace cada ochocientos mil kilómetros, tiene cuatro puertas y las cuatro dan a la calle. Además, el año que viene lo va a poder comprar también en el departamento de juguetería del costco y las refacciones las va a conseguir en los oxxos. Tampoco tiene que pagar peaje si viaja por carretera-. ¿Ah no?- le dije sorprendido-. No, claro que no – me contestó.- Lo que sucede es que pasa por debajo de la pluma en las casetas, nomás no haga mucho ruido para que no se den cuenta-. Y bueno, después de tantas bondades y tan pocas alternativas, nos decidimos por el Matiz, que ese es su nombre de pila, qué digo de pila, será de cuerda, pero ya estamos, dije, vamos a la calle que eso es lo tuyo mi querido bólido.  Todavía me alcanzó en la puerta el vendedor: – Hey!, se me olvidaba, cuando vaya al auto lavado, espérese a que llegue una pick up, súbalo en la caja ¡y ahórrese un billete!- Sobra decir que iba yo feliz. ¡Cuántos beneficios para un auto tan pequeño! Pero no hay felicidad completa y ahí tienen ustedes que no habíamos circulado dos calles cuando de pronto, todo se derrumbó dentro de mí. No les exagero si les digo que hasta mi aliento ya, me sabe a hiel.  Hagan de cuenta que andaba  montado en el auto invisible. Calafias, camiones y camionetas de toda especie y origen pasaban junto a mi automóvil cuatro por cuatro (pies, por supuesto) con una saña nunca antes vista. Y más tarde, nuestra primera noche en la calle ¡qué les puedo decir! Los de adelante corren mucho y los de atrás… te quitarán, ¡tras, tras, tras! Cuando una Tundra o una Tahoe te avientan las altas a diez centímetros de distancia por Detroit, sientes que la virgen te habla y que el diablo se carcajea. De nada sirvió rebautizar mi unidad con el imponente nombre de “la bestia”, el inocente ya no quiere salir de la casa, hay veces que no enciende el motor y estoy seguro que ya sufre de “pánico escénico”. El otro día nos paramos en una calle con semáforo en rojo. Estábamos entre una Cheyenne (manejada, por cierto, por el hijo del Apá) y una Suburban. Nosotros traíamos las cuatro estaciones de Vivaldi en la 104 de FM, así quedito, pero el hijo del Apá traía al  Norteño de Ojinaga cantando la de No se me quitó lo macho a tal volumen que hasta en Otay la andaban bailando. Y al momento de sonar los motores cuando la luz cambió a verde, la pobre bestia se orinó del susto. Según su mecánico de cabecera es agua del sistema de aire acondicionado, pero yo estoy seguro que es el estrés, si hasta temblaba el pobre. Yo sí quisiera pedirle a los dueños de cualquier súper compacto que nos pongamos de acuerdo para realizar una marcha que salga de algún punto de la ciudad y que circulemos, todos unidos y en caravana, por la Revu, para pedir a los dueños de las trocas que cese el bullying automotriz en contra de nuestros mini autos. Les adelanto que hasta los pipirisnais del club de los minicupers le quiere entrar. Y es que no es para menos, nosotros también tenemos derecho a circular por las calles con toda tranquilidad y sin ser molestados en cada esquina, no hay que ser. Miren, si le bajan a su acoso hasta un vinito nos echamos con ustedes, para que vean que no hay jarfilins.