El siguiente artículo aparece tal como fue publicado en el diario El Mexicano el día 15 de noviembre, 2014. 

La historia del vino en nuestro país no ha sido cosa fácil. En el primer viaje de la Niña, la Pinta y la Santa María los valientes exploradores venían como las chilangas que llegan a Tijuana para luego luego cruzar a San Diego, es decir, con las maletas vacías, y es que tiene su lógica, porque en ésa época, a diferencia de la nuestra, nada de que solo se permiten dos frasquitos de esto y cuatro de aquello y por ningún motivo carne de puerco que no esté cocinada, etcétera, no hombre,  en aquél entonces la única regla era que el barco aguantara y no se hundiera con las artesanías recolectadas a la hora del regreso.  Después del primer susto el día de la conquista, a la que empezaron a llamar “el encuentro de dos mundos” (nombre como de telenovela pa que nadie se sienta ofendido, porque conquistas que caen bien a todos, sólo las de amor, usted dirá) empezaron a fluir mercancías de todo tipo. Y digo susto porque puestos a mirar en retrospectiva, imagínense ustedes que llegan en un crucero turístico (guardadas proporciones) al puerto de Veracruz y de repente, mareados y cansados después de tantas horas de viaje, son recibidos por un nutrido comité de bienvenida engendrado en pantera, armado de arcos, flechas y bombas molotov. Háganse de cuenta los maestros de la sección 21 del sente de Guerrero encabezados por sus dirigentes gritando al unísono “Los totonacas unidos, jamás serán vencidos!!” Bájate güerito, con todo y caballo, ¡orita vas a ver quién es Huichilopoztli! No si me cae que yo siempre he pensado que esos son los verdaderos héroes de la conquista y de quienes, por omisiones de la Historia, desconocemos sus nombres. El caso es que en un segundo, tercero o cuarto viaje, empezaron a traer, entre otras cosas, hierbas, plantitas y espejitos para cambiarlos por oro y joyas (gudbisnes) y entre dichas plantas trajeron vides. Aquí hago un paréntesis ( ) para comentarles que, según los cronistas de la época, los naturales de nuestro México lindo y querido sí tomaban vino, pero era una cosa entre tepache y red bull con sabor a monster que los ponía bien locos. Mezclaban las uvas fermentadas con otras frutas y miel y ya pal segundo vaso andaban bailando una especie de lambada voladora, muy popular en ese entonces, lo malo es que cuando acababa el huateque ya habían perdido hasta el  taparrabos y así les iba cuando regresaban a casa. En fin, que los españoles empezaron a plantar sus propias vides, traídas de fuera, como decíamos antes. Vamos todos a catarEl origen de la uva Misión, que fue el nombre que le dieron a las primeras cepas viajeras, luego conocida en Suramérica con el nombre de Criolla, es incierto. Una versión que me gusta, quizás por original, extraña y por supuesto difícil de comprobar, es que se trata de una especie originaria de la isla de Cerdeña, llamada simplemente Mónica. Y empieza la mata dando: primero en los alrededores de Tenochtitlán, luego cerca de Querétaro y San Luis Potosí, pero, hasta donde sabemos, sin pena ni gloria. Luego en Coahuila y finalmente en Sonora y Baja California. Cortés estaba decidido a plantar vides en la Nueva España desde que llegó y como para que no haya duda de sus intenciones se avienta una ordenanza de lo más locochona en la que obliga a los terratenientes a plantar mil sarmientos (vides) por cada cien esclavos (perdón, indios de repartimiento) hasta llegar a cinco mil cepas por cada cien indios. La verdad es que son los misioneros quienes escriben la historia del vino mexicano, a paso más que lento, durante la época en que las dichas misiones estuvieron activas. Los franciscanos en California y los jesuitas en la Baja California no cejaron en su esfuerzo por tener y atender sus propios viñedos para asegurar la dotación necesaria para sus misas, según ha quedado establecido en los libros de historia. Aunque yo creo que no hacían su vinito nada más para la misa y no es que ande yo de intrigoso, ni dios lo quiera, lo que pasa es que es cosa de echar números: 21 misiones a razón de tres misas el domingo y un sorbo de vino por misa, es decir una copa de vino por misión por día, vienen siendo 21 copas o cuatro botellas a la semana. La verdad es muy poquito vino como para tener un viñedo, por lo que deduzco, considero y estoy convencido que, a falta de sky, ipods, ipads y otros distractores, la convivencia monacal acompañada de una que otra copita de vino no era cosa rara. Lo que también es cierto es que, una vez desaparecidas las misiones, la presencia del vino se esfuma como por arte de mala magia. Oscura es la trayectoria del vino en nuestro país poco antes y después de la guerra de independencia y durante casi todo el siglo XIX. Es a mediados del siglo pasado cuando empieza a surgir (no diría resurgir, porque sería un poco arrogante el término) una industria que hoy quiere dar de qué hablar. Quizás, si comparamos a México con otros países productores del hemisferio, nos parezca que 3 mil hectáreas plantadas de vid para casi quinientos años de historia desde aquella ordenanza sean pocas. Es probable. Sin embargo la batalla más importante no está ahí, el reto fundamental está en la habilidad, capacidad y pasión de los productores mexicanos para avanzar en la consolidación del vino como una seña de identidad cultural. Así será.