El siguiente artículo aparece tal como fue publicado en el diario El Mexicano el día 25 de octubre, 2014. 

Salvo el Universo, todo tiene un límite. La vida de uno y del otro, los imperios, las fortunas, las desgracias y las pandemias, la buena y la mala suerte, (si es que existen), el apremio y la zozobra, la enfermedad y la salud y el vino contenido en una botella, por poner algunos ejemplos.  Pero existe una circunstancia que se deja manipular y que, a veces quizás, es cosa de ejercitarla, dicen algunos. La llamamos paciencia. Lo paradójico de ella es que sus límites no se pueden conocer sino hasta el momento mismo en que se pierde. De hecho nunca se sabe cuándo ni cómo se acaba, por esa razón es recomendable conservarla, en la medida de lo posible. Perderla conlleva una serie de problemas que casi siempre son, como los médicos dicen, de pronóstico reservado. Nuestra Madre, la madre de todos, la única y verdadera, nos anda mandando un mensaje desde hace rato, igualito que como le gustaba decirlo a mi madre biológica cuando a los hijos nos daba por ponerla a prueba: “¿saben una cosa?, ¡están a punto de colmarme la paciencia!” Lo que en lenguaje materno quiere decir algo así como ¡los voy a agarrar a cuerazos! Y añadía, eso sí tengo que decirlo, una enigmática frase que nunca he entendido del todo, y eso que he consultado a treinta y dos psicólocos: “¡A mí me va a doler más que a ustedes!” Perdóname mamacita, pero eso no es otra cosa que una especie de sadismo atravesado, si Freud no tiene inconveniente. Bueno, a lo que voy es que la Madre Natura está a punto de perder la paciencia, se los tengo que decir. No falta uno que otro loco despistado que piensa que no hay bronca, que es un soplo la vida y que treinta grados no es nada, pero ¿a fines de octubre compadre? La industria de las chamarras y los suéteres está a punto de dar las gracias, o lo que es lo mismo, de irse al chapter ileven. Me informan, por ejemplo, que en Chiconcuac, Morelos, ya ha habido más de treinta suicidios. Y no se diga en Argentina, que ya no quieren entrarle al churrasco porque no saben qué hacer con tanta piel. Pero no todo está perdido y, los gringos a quienes siempre traigo entre ceja y oreja, no dan pbottle-with-glass-1000-with-chiller-signedaso sin guarache (y eso que el guarache no lo conocen más que en fotos, o a lo mejor gracias a nuestros queridos compatriotas que allá se van a vivir y, más que a vivir, a trabajar, que no es lo mismo). Inopinadamente, como es costumbre, me toca probar un vino proveniente de algún viñedo de Napa, en este caso uno de nombre Peju (no Peje, ¡tranquilos los de Morena!) que, curiosamente, presume una especie de certificación: Napa Green Certified Land. Puesto a chismear, que es lo mío, descubro que existen unas ochenta bodegas californianas que exhiben el emblema con orgullo. Y fíjense, lo digo en buena onda, no se trata de premios del jurado de Bruselas, o de la expo de Guatemala, o del concurso internacional del principado de Mónaco al mejor vino de aquí o de allá, sino de algo un poco más interesante y quizás más importante: la viticultura amigable con el medio ambiente. Una especie de bálsamo o sobadita a la Madre de todos. Un apapacho en esa piel inapreciable que es nuestra tierra cultivable. Y menciono sólo a las que conozco, como una especie de aplauso létrico. Artesa Winery (Napa), Beaulieu Vineyard (Rutherford), Beringer (Saint Helena), Chateau Montelena (Calistoga), Duckhorn Vineyards (Saint Helena), Frog´s Leap (Rutherford), Opus One de Mondavi (Oakville), Pahlmayer (Napa), Peju (Rutherford), Silver Oak Cellars (Oakville), Stags Leap Winery (Napa) y Sterling Vineyards (Calistoga). Todas ellas certificadas con uno o los dos “Napa Valley Certified Land o Ceertified Winery. Para obtener alguno, o los dos certificados, se debe cumplir con estrictos protocolos que demuestren ahorros importantes de energía eléctrica, uso del agua y protección al entorno en lo que se refiere a contaminación al medio ambiente y producción de basura directa o indirectamente relacionada a la producción de su vino. No sobra decir que no estamos hablando de producción orgánica  de vino, sino nada más (¿nada más?) de protección a la Madre Natura. Ya son  15,000 las hectáreas que están certificadas y hay otras 30,000 que están haciendo fila para obtener la suya. No estaría nada mal que, independientemente de las discusiones alrededor de la conveniencia o inconveniencia de una Denominación de Origen y de las medallas que quepan en el orondo pecho de aquellos, grandes y chiquitos, que las andan presumiendo de este lado del Río Bravo (o lo que de él queda), le hiciéramos un par de caricias a la Madre que nos parió (como especie humana, digo), como lo andan haciendo los güeros y los morenos. Y es que, después de tanto madrazo, un cariñito no cae nada mal. Yo digo.